Tienes tres hijos, perfectos, te hacen feliz, el tercero todavía es pequeño con lo que estás de baja/permiso/lactancia. Tu outfit del día a día es cómodo. Necesita serlo, rápido de poner y quitar, porque te pasas el día con las tetas al aire. Poco a poco vas recuperando tu figura, haces deporte, cuidas la alimentación. El espejo te sonríe un poquito más y hasta te atreves con mayas. Empiezas a tener ganas de arreglarte un poco más, pero poco, tampoco nos pasemos. De todas formas da igual porque nunca tienes tiempo de hacerlo, pero ya lo piensas.
Te invitan a una boda y no tienes ropa, por supuesto. Bueno, como has perdido ya tanto peso, algo encontrarás que te quede bien.
Y ahí es cuando te das cuenta. En el cruel mundo de maniquíes de plástico y tallas minúsculas. Te das cuenta de que no hay combinación posible entre un vestido de fiesta y esa tripa colgandera que se te ha quedado. Intentas solucionarlo con una braga faja, pero que va, se te marcan en las hermosas cartucheras que adornan a tu pandero. Lo peor de todo es que no te has dado cuenta tú, te lo ha hecho ver la dependienta, que te da los trucos para ocultar esa "tripilla", que a ti no te parecía tan grande hacia cinco minutos. Incluso te recomienda la bragafaja.
Cuando sales de la tienda, ni tus hijos son tan perfectos, ni tú estás de tan buen humor. Ni te quedan ganas de fiesta!
Ésta no serás tú, pero sí soy yo. Que tengo una imagen distorsiomada de mi misma y es que, cuando me miro al espejo me veo bien. Luego me veo con los ojos de otros y me enfado.
Y encima me he llevado un vestido que no quiero.
